Croissants

Croissants

Si hay algo que me encanta en un desayuno, es acompañar el café con leche con un croissant recién horneado, crujiente y oliendo a mantequilla. El ritual de cortarlo por el centro, untarle mantequilla y que se funda al calor de su masa es algo que me supera, siento verdadero placer por este hecho y ya agregando una fina capa de mermelada de higos o tomate un plus, igualmente tan sólo con mantequilla me conformo.
Los mejores croissants que he comido han sido en París, pero humildemente los míos realmente estaban muy buenos, hice dos tandas, una simple y otra con un relleno en su interior de pasta de almendras, muy ricos por cierto.
Aquí, egoístamente, no regalé a mis vecinos ninguno, que es lo que suelo hacer con las cosas que experimento sino que congelé gran parte para el día que quiera tener un desayuno propio de un bon vivant (es que dieron mucho trabajo, jaja).

Hay varias versiones de quién inventó esta maravilla de bollo, la mayoría coincide en que se remonta a la Viena del S. XVII, cuando los turcos intentaron invadir la capital austríaca, cavando un túnel. Éstos, no habían contado con el gremio de los panaderos que al trabajar de noche alertaron de la amenaza venciendo de esta forma al invasor. Para inmortalizar dicha victoria, los panaderos, inventaron este bollo con forma de media luna, símbolo del emblema turco, al que llamaron “Lune Croissant”.
Luego, el croissant llegó a Francia gracias a María Antonieta a finales del S.XVIII.
Y más tarde al mundo entero y a mi cocina.

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